Ya escribí un artículo titulado “Vencer el mal” con el sentido de que no debemos dejarnos vencer por el hombre perverso. Ahora, hablaré sobre la necesidad de vencer el mal que existe en nuestro interior.
En el interior de cada ser humano, en todo momento, se libra una batalla entre el bien y el mal. Es la lucha por subyugar los deseos mundanos, conforme a la interpretación budista. Como la ambición humana no tiene límite, el bien intenta refrenar al mal, que vive seduciendo al ser humano con respecto al dinero, al sexo, al poder, a la fama y al egoísmo. El lado bueno advierte: “¡Mira, no puedes hacer eso!”; “¡Ten cuidado, pues si lo haces, pasarás por malos momentos!”. Además, incentiva: “Da alegría a las personas”; “¡Esfuérzate para hacer felices a todos a tu alrededor!”. En el fondo, la lucha sin tregua entre el bien y el mal es la pura realidad en la que vive el ser humano, considerado el señor de todas las criaturas.
Por esa razón, cuando el mal vence, se cometen pecados y se genera infelicidad; cuando el bien vence, se crea felicidad. Eso puede parecer obvio y simple de poner en práctica. Aunque lo sepa, el ser humano no logra hacerlo, especialmente los incrédulos. Sin embargo, como nuestros fieles son conscientes de ello, pierden mucho menos ante el mal. Aun así, no es una tarea fácil. Naturalmente, quien nos lleva a la práctica del mal es el espíritu protector secundario, y quien nos lleva a la práctica del bien es el espíritu protector guardián. Por encima de ellos, existe aún el espíritu protector primordial, que ordena el bien absoluto y, por consiguiente, es necesario ampliar su fuerza, la cual domina completamente al mal.
Así siendo, el ser humano debe estar siempre atento al desarrollo de esa fuerza, y el único recurso es orar a Dios y profundizar en la fe. No existe otro medio para volverse feliz.
Por Meishu-Sama, el 20 de junio de 1951
Colección Cimiento del Paraíso, volumen 3