Vemos en el mundo muchas personas religiosas pertenecientes a diferentes credos, pero el hombre de verdadera fe es poco común. Yo les mostraré cómo debe ser. Por muy devoto que se crea, esto nada significa, pues ese juicio está basado en un concepto subjetivo. Si no lo es objetivamente, no lo será en verdad.
Una persona debe saber, en primer término, cómo debe actuar para ser un verdadero religioso. En teoría es muy simple. Ello consiste en ganarse la confianza de los otros. Por ejemplo, que todos confíen en sus palabras; que consideren que su amistad siempre es provechosa; que lo estimen como un ser excelente, etc.
Conseguir esa confianza tampoco es difícil. Lo esencial es no mentir y favorecer al prójimo postergando sus propios intereses. Si la gente pensara: “Gracias a él me he salvado; jamás se pierde estando con él; es muy bondadoso; es agradable estar con él”, etc.; seguro todo el mundo lo estimará y lo respetará.
Y es fácil admitir esto. Si nosotros mismos encontrásemos a ese sujeto, desearíamos cultivar su amistad, le confesaríamos nuestros problemas y le depositaríamos toda nuestra confianza.
Además, tengo que agregar que, por muy bien que actúe, ello no debe ser pasajero. Debiera asemejarse al arroz. Si bien no se aprecia su sabor en un primer momento, cuanto más se lo mastica, se hace más sabroso. Y así, no se puede prescindir ni un solo día de él. Entonces, el hombre de verdadera fe debiera comportarse siempre como tal; de este modo, sería tan imprescindible como el arroz.
Pero en el mundo abundan demasiadas personas que contrarían todo lo que acabo de describir. Ellas parecen dedicarse a perder la confianza del prójimo sin que les cause ninguna preocupación. Mienten de tal forma que enseguida son descubiertas. Basta engañar una sola vez para perder todo el respeto, aunque lo adornen muchas otras virtudes. ¡Es una gran tontería!
Si averiguamos por qué ciertos individuos no mejoran su situación, pese a que se esfuerzan y trabajan, veremos que no merecen crédito debido a sus mentiras y en esto, no hay excepción. La confianza es realmente un tesoro. Por ello, quien la merece jamás pasará por dificultades económicas, pues todos le prestarán dinero con gusto.
Me he referido al merecimiento de la confianza de los hombres; pero merecer la de Dios es de suprema importancia. Si la logramos, todo irá bien y podremos gozar de una vida llena de alegría.
Por Meishu-Sama, 18 de Junio de 1949
Colección “Cimiento del Paraíso”, Volumen 4